lunes, 6 de diciembre de 2010

Viento



Yo le puse nombre al viento
en los veranos más jóvenes vividos;
le gritaba pescándolo de cerca
le imploraba tormentas de hojas
le pedía vivir bajo mis pies
mientras yo, pequeña, rezaba desde el suelo.

Julián... Julián...
vení,
tomá café con pan...

Entonces volar parecía posible
en mis ojos de niña liviana
yo quería ser pluma, diente de león,
caravana de algodón, pelo de gato...
entonces volar se vivía enseguida
como libre y astuta avecilla.

Julián... Julián...
vení,
tomá café con pan...

Poco a poco me ensanchaba el cabello
le ondulaba a la tierra las semillas
y las sonrisas eran menudas, corpulentas,
como queriendo que las inflara ese viento
dejándose llevar por el sonido entre los árboles
brillando desde adentro con su vuelo.

Julián... Julián...
vení,
tomá café con pan...

Yo le puse nombre al viento
casi como un príncipe incoloro
que acudía a un llamado titiritante
al temblor de mi voz
segura de tener entre sus manos
al remolino creador de fantasías.

Julián... Julián...
vení,
tomá café con pan...

Y así como llegaba, así como aparecía
de repente dejaba todo quieto
en una espera sin alivio y sin finales
que se callaba y dejaba hueco al silencio.
Así como tenía nombre también tenía huida...

Julián, Julián...
vení,
volvé,
que el café se te está enfriando
al pan no le diste mordisco
y yo me lo quiero comer.

1 comentario:

Tatiana dijo...

Que lindo... me encantó. Yo quisiera tambien ser diente de león.
Muñe